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La Canción de Rolando



Esta gesta heroica proviene de una época de batallas de enormes dimensiones y personajes históricos que adquirieron una nueva mística con el pasar de los años. Ingresemos en el terreno de la épica con este texto legendario.


Representación de distintos fragmentos de la Canción de Rolando

Hablar del Medioevo nos trae a la mente caballeros, armaduras brillantes, espadas cuyo acero corta a través de marañas de enemigos y misiones que implican grandes sacrificios que a menudo ingresan en el terreno de lo sobrehumano. Sin embargo, lejos de ser una fantasía, estas historias cuentan con un sustento histórico en personajes que poblaron la Europa medieval y pasaron a la posteridad como íconos de valor y heroísmo. Es así que nos encontramos con la Canción de Rolando (o el Cantar de Roldán), un relato que tiene como protagonistas a Roldán y su amigo Oliveros, enfrentándose a una traición y las huestes del rey moro Marsilio de Zaragoza.

Para entender el texto

La primera pregunta que quizá surja ante semejante texto sea por qué “Canción” o “Cantar”. La razón reside en que es una forma de manifestación literaria que fue difundida principalmente a lo largo de la Edad Media: el cantar de gesta.

Pero ¿qué es exactamente un cantar de gesta? La palabra gesta viene de res gestae, que se acaba traduciendo por hazaña. Reciben el nombre de cantares de gesta porque no están destinados a la lectura, sino al canto o a la recitación. Son poemas, generalmente heroicos, que tenían como objeto el relato de sucesos o acontecimientos que merecían ser divulgados por ser de interés general. Se componían por la curiosidad admirativa que el pueblo tenía de conocer un suceso notable que provocaba interés y por el afán de conocer aquellos hechos que afectaban al futuro de la comunidad.


Ilustración que representa a Roldán jurándole lealtad a Carlomagno

La teoría neo-tradicionalista dice que el cantar de gesta es el resultado de unir numerosos poemas cortos anónimos de distinto lugar.

  • La épica:

Heredera de poemas de la antigüedad como la Ilíada o la Eneida, la épica canta la gloria de personajes legendarios vinculados con el pasado común de un pueblo y dispuestos al sacrificio personal, es decir, un héroe.

Al remitirse al pasado común de un determinado pueblo (en este caso los francos) presenta una identidad cultural con la cual se definen los rasgos de una nación. El historiador y filósofo Joseph Campbell en su texto El héroe de las mil caras indica respecto a la construcción del héroe que

“(…) es la magnificación de la fórmula representada en los ritos de iniciación: separación-iniciación-retorno (…). El héroe inicia la aventura desde el mundo de todos los días hacia una región de prodigios sobrenaturales, se enfrenta con fuerzas fabulosas y gana una victoria decisiva; el héroe regresa de su misteriosa aventura con la fuerza de otorgar dones a sus hermanos (…)”

Entre los principales textos que han llegado hasta nuestros días en la línea de la épica se encuentran también el Beowulf, el Cantar de Hildebrando y el mencionado El Cantar del Mio Cid, que encontraron su mayor difusión a lo largo de los siglos XI y XII. La narración de estas hazañas se formulaba en cantares de gesta que eran transmitidos por bardos y juglares medievales, artistas errantes que llevaban sus versos de pueblo en pueblo a cambio de unas monedas, comida, alojamiento o un vaso de vino. En un momento en que la gran mayoría de la población era analfabeta, los poemas épicos o Cantares de Gesta fueron compuestos para ser recitados ante un auditorio. Los juglares tocaban instrumentos y contaban historias recitándolas de memoria; muchas veces agregando o quitando elementos para recrear los extensos poemas. Estas variaciones terminaban siendo una composición colectiva en diferentes versiones de una misma historia.

Por una cuestión de mnemotécnica estas obras no contaban con una estructura compleja y se organizaban en estrofas, tiradas (denominadas “laisses” en el caso de La Canción de Rolando) o series de versos irregulares con una misma rima asonantada. Al mismo tiempo, se simplifica el relato focalizando el punto de vista exclusivamente sobre el héroe, descuidando la descripción minuciosa de otros personajes y ateniéndose a generalidades. Un símil de esta forma de narrativa se puede encontrar en las sagas islandesas, que narraban la biografía de los hombres de Islandia en un estilo breve, claro y conversacional. En ellas abundaban los conflictos, las luchas y las genealogías; siendo las peleas en la trama derivadas del estilo belicoso que preponderaba en los vikingos. Otro caso conocido es el de los romances, que se caracterizaban por encontrarse compuestos de octosílabos con rima asonante en los versos pares y se divulgaban en España. Para comprender su popularidad basta con recordar “Mambrú se fue a la guerra”, una adaptación de una canción popular francesa que fue modificada en España y formó parte del legado cultural de varias generaciones también en Hispanoamérica.

  • La literatura en el periodo medieval:

El período medieval abarca un milenio; desde la caída del Imperio Romano de Occidente hasta el siglo XV: algunos toman el descubrimiento de América como su finalización, otros la caída de Constantinopla e incluso la invención de la imprenta. Lo cierto es que fue un periodo sumamente importante para nuestra lengua ya que es en esta época que surgen las primeras manifestaciones literarias en castellano, además, los cristianos reconquistaron territorio frente a los reinos musulmanes, presentes en la Península Ibérica desde el siglo VIII.

En el año 711 los musulmanes llegaron a la Península Ibérica; hacia el año 718 habían terminado con el reino visigodo de Toledo y tenían controlada prácticamente toda la península, excepto algunas zonas de resistencia en el norte. De esta manera durante la Edad Media quedó configurada la región con la presencia de dos grupos: cristianos y musulmanes. Entre ellos se originaron conflictos, pero también tuvieron largos períodos de paz en el cual la convivencia fue mutuamente beneficiosa. Además, se sumó un tercer grupo, el pueblo judío; cada uno los tres constituía un linaje que contaba con una cultura propia. El contacto permanente entre las tres culturas derivó en una influencia mutua, tanto en la cotidianeidad como en el ámbito cultural. Con respecto a la lengua, generó en ella una mayor diversidad, es decir, contó con mayor riqueza expresiva; el latín fue perdiendo poco a poco su pureza y fue evolucionando de manera diferente en los distintos reinos. En las regiones cristianas dio lugar a los dialectos romances; entre ellos, el castellano.

A pesar del surgimiento de centros de enseñanza, la cultura popular sería, tal vez, más importante que las obras que se originaban en esos centros. La cultura creada para ser cantada y representada al pueblo –en su inmensa mayoría analfabeto – prevalecería en forma oral y desde esa oralidad el carácter didáctico fue masivo; más tarde, muchas de estas obras serían preservadas en forma escrita.

Si bien la Edad Media forma parte de nuestro pasado y es un fragmento de la historia que nos construyó como civilización, es un mundo completamente alejado de nosotros pero, dado que parte de él se manifiesta aún, podemos llegar a comprenderlo. En aquel entonces la sociedad tenía visiones rígidas y prefijadas, es decir, todo nacía de cierta forma y en cierto lugar siendo su destino permanecer en él; se creía en que el alma trascendía la muerte; predominaba la idea teocéntrica, es decir, se creía que la Tierra era el centro del Universo creado por Dios; la literatura cumplía una finalidad didáctica, ya que informaba y aleccionaba. Los temas que prevalecían eran aquellos que giraban en torno a la muerte y la visión que tenía de ella la religión.

Se trata de un período en que el sentimiento religioso forma parte de la vida; la guerra era un hecho cotidiano pues era parte de la misión de todo guerrero, la responsabilidad ante su Dios. Religión y guerra desempeñan un papel importantísimo en la organización social y configuran uno de los rasgos del pensamiento medieval: la idea de fugacidad.

El texto

Escrito en francés antiguo, el Cantar de Roldán fue redactado tomando como base las narraciones orales y, si bien es anónimo, se le atribuye a un monje normando llamado Turoldo. Se cree que data de finales del siglo XI y consta de 3.998 decasílabos que están distribuidos en 291 estrofas a las que se denomina laisses (o tiradas en español).


Ilustración de Jean Fouquet que representa el momento de la muerte de Rolando.

A pesar de encontrarse ficcionalizada, las bases del relato se pueden encontrar en un hecho que fue real con figuras históricas reales. El acontecimiento en cuestión fue la batalla de Roncesvalles, aunque se pone en cuestión si fue realmente una batalla o una simple escaramuza que ocurrió en el año 778 (aunque también se indica que pudo haber ocurrido en el 808) en la zona de Valcarlos, cerca del desfiladero de Roncesvalles. Durante esta batalla fue aniquilada la retaguardia del ejército de Carlomagno, que se encontraba liderada por el conde Rolando, prefecto de la Marca de Bretaña. Se cree que el ataque fue perpetrado por tribus de vascones, en represalia por el saqueo de la ciudad de Pamplona realizada por las huestes carolingias en el contexto de las campañas de Carlomagno en el territorio ibérico.


Carlomagno (742 – 814), Emperador de Occidente y figura fundamental de los hechos que ocurren en la Canción de Rolando.

El paso del tiempo y la naturaleza mítica de la narración oral llevaron a adecuar el relato al contexto del siglo XI. Rolando, que sólo era un conde, pasó a ser el sobrino de Carlomagno, y se le acompañó de figuras simbólicas que son una invención de la ficción como Oliveros (representando la lealtad) y su contraparte, Ganelón (que representa la traición). Por otro lado, la desconocida cantidad de vascones que atacaron la retaguardia fue modificada por un número hiperbólico (400.000) y, en lugar de las tribus de vascones, se trató de sarracenos que fueron avisados por Ganelón para iniciar el ataque.

Estas modificaciones responden a un momento histórico: hacia finales del siglo XI se estaba a las puertas de la Primera Cruzada y se estableció como enemigo al “infiel”, es decir, todos aquellos pueblos que no abracen la fe cristiana. Por esta razón existen en el relato varias analogías con tópicos propios del cristianismo: la presencia de Judas como Ganelón, de Carlomagno como un líder mesiánico, de Rolando con su sacrificio y calvario asemejándose a Cristo o la aparición de íconos religiosos como el Arcángel Gabriel. Todo esto es lo que nos lleva a entender el tono maravilloso que adquiere por momentos la narración, en una época donde el enfrentamiento con los “infieles” era también una gesta económica y política.


Representación de la toma de Nicea en la Primer Cruzada (1097).



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