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Detalle del "Matrimonio del capitán Martín de Loyola con Beatriz Ñusta”, Iglesia de la Compañía de Jesús, Cuzco.
Retrato del Inca Garcilaso de la Vega.
Escudo del Inca Garcilaso de la Vega.
Artesanía Inca.
Ruinas de Machu Picchu.

Comentarios reales - Garcilaso de la Vega



Considerada la obra maestra del Inca Garcilaso de la Vega, Comentarios reales de los incas es un libro histórico-literario que constituye una nutrida visión sobre el Perú prehispánico y recoge todos los aspectos de su devenir social y cultural. Publicada en Lisboa hacia 1609, es la primera gran obra de la literatura peruana y una de las más importantes del período colonial.

EL AUTOR

Considerado como el "primer mestizo biológico y espiritual de América", el Inca Garcilaso nació en Cuzco el 12 de abril de 1539, hijo del Capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y de la ñusta o princesa inca Isabel Chimpu Ocllo, nieta del Inca Túpac Yupanqui y sobrina del Inca Huayna Cápac, emperador del reino de Tahuantinsuyo. El nombre que se le impuso no fue el del padre, con el que ha pasado a la historia, sino que fue bautizado con los apellidos ilustres del mayor de sus tíos paternos y de otros antepasados que pertenecieron a la nobleza castellana: Gómez Suárez de Figueroa.

Esta doble vertiente del niño mestizo y la trascendencia de los años en que le tocó venir al mundo, con la violenta y destructiva, pero a la vez fecunda, incorporación del Imperio de los Incas a la cultura de Occidente –a través de las armas, las creencias, los sentimientos y las normas de España–, fueron sin duda decisivos para su formación espiritual. Gracias a la privilegiada posición de su padre, recibió en el Cuzco una esmerada educación al lado de los hijos de Francisco y Gonzalo Pizarro, mestizos e ilegítimos como él, pero durante sus primeros años estuvo en estrecho contacto con su madre y con lo más selecto de la nobleza incaica, entre los que se contaban los hijos del Inca Huayna Cápac: Paullu Inca y Tito Auquí. De este modo accedió a la instrucción de los amautas o sabios incas versados en la mitología y cultura incas.

Residente en España desde 1560, hacia 1586 empezó a compilar documentos, crónicas e informaciones orales sobre el Perú. Desde allí le enviaban noticias su tío Francisco Huallpa y el caballero García Sánchez de Figueroa. No obstante, fue a través de las obras y anotaciones de autores como Pedro Cieza de León y el Padre Blas Valera, a los que se sumó su propia memoria, que Garcilaso comenzó con la redacción de su obra cumbre. Así, las fuentes directas o simples referencias, la multiplicidad de citas y la abundancia de recuerdos e informaciones que aprovecha, permiten esbozar el sistema histórico de los Comentarios. Ante todo, la acotación del tema, su delimitación en tiempo y espacio: el Imperio de los Incas. Y luego, el conocimiento y el cotejo de las fuentes, y la calificación o el orden de prioridades de esas fuentes.

Fue en la ciudad de Córdoba en donde el autor empleó varios años en acabar su obra, y fue allí mismo donde Garcilaso alcanzaría fama y renombre entre las gentes de letras y de ciencias. Ya no era el mestizo llegado de las Indias, sino que su figura se había hecho familiar. De este modo, para 1612 compró la Capilla de las Ánimas en la Catedral de Córdoba, donde su hijo sería sacristán y donde el mismo escritor pidió ser enterrado. Allí fallece cuatro años después, entre el 22 y el 24 de abril de 1616 como fechas probables. El 25 de noviembre de 1978, el rey Juan Carlos I de España hizo entrega de una arqueta que contenía una parte de sus cenizas; éstas reposan actualmente en la Catedral del Cusco.

LA OBRA

La obra fue publicada en dos partes, ambas separadas en tiempo, título, y contenido: la primera, de 1609, consta de 9 libros de 268 capítulos, y se refiere a los hechos de los incas y su civilización; en la segunda, de 8 libros y 268 capítulos, póstumamente publicada en 1617 como Historia General del Perú, se aboca a la guerra de conquista del Perú y a las guerras civiles fratricidas por los restos del imperio y sus riquezas que surgen entre los conquistadores.


Portada de la Primera parte de los Comentarios reales del Inca Garcilaso, 1609.

La parte inicial recoge lo concerniente a los incas (dioses, leyes, formas de gobierno e instrucciones) antes de la llegada de los españoles a su territorio. Con una prosa clara y expresiva, Garcilaso mezcla datos de la economía política con los problemas de la cronología, se vale de fuentes orales y escritas e incluso de recuerdos de su infancia para estructurar su relato.

La segunda parte, publicada en forma póstuma, lleva el título de Historia General del Perú (1617). Aquí se ocupa del descubrimiento y los sucesos que desencadenaron las incursiones españolas en territorio inca. El autor desarrolla con estilo vibrante la conquista del Perú, las guerras civiles entre los conquistadores y la instauración del Virreinato del Perú, así como la resistencia de los incas de Vilcabamba, que culmina con la ejecución del último de éstos, Túpac Amaru I, en la plaza del Cuzco, hacia 1572.


Retrato de Tupac Amaru I, cuarto y último inca rebelde de Vilcabamba.

Precisamente es la fuente directa y personal de Garcilaso, el recuerdo indeleble de lo que vio y oyó en sus años en Cuzco, lo que presta un relieve excepcional y una extraordinaria capacidad de animación a su obra histórica. Al igual que muchos cronistas de las Indias, que aportaron ese criterio sensorial esencial como testigos de la evolución de la historiografía, en el Inca Garcilaso el interés se acentúa y se agranda, no sólo por ser contemporáneo de muchos sucesos, sino porque el mismo autor forma parte de un mundo, extraño a España, que describe en su obra:

“Después de haber dado muchas trazas y tomado muchos caminos para entrar a dar cuenta del origen y principio de los Incas, Reyes naturales que fueron del Perú, me pareció que la mejor traza y el camino más fácil era contar lo que en mis niñeces oí muchas veces a mi madre, y a sus hermanos y tíos, y a otros sus mayores (…) Después de habérmelo dicho los indios alcancé y ví por mis ojos mucha parte de aquella idolatría, sus fiestas y supersticiones, que aun en mis tiempos, hasta los doce o trece años de mi edad, no se habían acabado del todo”.

Esas noticias y visiones indígenas –que se le grabaron profundamente en el recuerdo a través de la emoción, de la impresión de lo percibido en la niñez y en el contraste con el mundo en el que viviera durante más de medio siglo– constituyen la atracción fundamental de la parte inicial de los Comentarios Reales. Más que las leyes y creencias, más que la historia externa de las conquistas de los Incas y del gobierno autoritario y centralizado que tenían, son muchas veces los pequeños aspectos y la interpretación cabal de una costumbre los que dan un relieve más exacto a la relación de Garcilaso.


Portada de la "Historia General del Perú", edición de 1617.

Interpretación también que se hace de su lenguaje, porque de ello depende en buena manera el conocimiento cabal de las ideas, los usos y los sentimientos del Imperio perdido. Esto se manifiesta a tal punto que Garcilaso antecede su historia de los Incas a través de unas significativas “Advertencias acerca de la lengua general de los indios del Perú” en el que refiere que la “lengua general” es el quechua, extendido por los Incas a todo el territorio dominado por ellos. El conocimiento del lenguaje es para Garcilaso una clave para la precisión del hecho histórico, para la determinación de las áreas geográficas, para descubrir los secretos de la estructura social de los pueblos. La interpretación real o no de una palabra, o su pronunciación correcta o no, aclara o ensombrece desde una doctrina hasta un objeto.

COMPOSICIÓN

Hay también en la obra del Inca Garcilaso un complicado y evidente proceso de composición. No es desde luego una labor de historiador, pero con ello no hace sino acentuar las líneas esenciales de la historia, sin falsearla. Ahora bien, la crítica ha señalado como sus imperfecciones más sobresalientes su desconocimiento o su desdén hacia las civilizaciones preincaicas; la idealización del Imperio de los Incas, con el olvido o la supresión de lo dañino o desafortunado que ocurrió o ha de haber ocurrido en su historia; la ordenación, humanamente inverosímil, con que se suceden los hechos de los Incas o el avance invariable y paulatino con que cada uno ensancha las conquistas de sus antecesores.


Monumento al Inca Garcilaso de la Vega en Plaza Perú, ciudad de Buenos Aires.

No obstante, en la obra se evidencia una particular técnica en la composición, que lleva a Garcilaso a distribuir capítulos e intercalar explicaciones y relatos diversos. De hecho, uno de los Libros o parte se divide para que no aparezca desproporcionado con los demás y otro para que no se confundan las distintas hazañas de sus protagonistas. De este modo, el autor corta deliberadamente la línea de su historia, alterna la relación de las conquistas con el relato de usos y costumbres, matiza las leyes de los Incas con la descripción de los productos de los distintos Reinos.

En una curiosa y expresiva estadística, se ha señalado que de los 262 capítulos que cubren la Primera parte, 58 de ellos se ocupan de economía, 38 de religión, 17 de política, 14 de organización social, 10 de arte, 7 de educación, 6 de ciencias, 4 de mitos, 3 de derecho, 3 de lenguaje, 2 de técnica, 2 de magia, 1 de moral y 1 de filosofía. Y Garcilaso explica por qué tales capítulos no se suceden sino que se entrecruzan. En tanto, y a diferencia de la Primera parte, en la que resulta difícil fijar la redacción, precisar los avances y reconstruir el orden en que se escribieron los capítulos, en la Segunda parte –compuesta por 8 libros de 268 capítulos– Garcilaso parece haber seguido un sistema más estricto. Hay referencias a los años 1603 y 1604; pero sobre todo, y varias veces, a 1611, que es cuando ha de haber compuesto o revisado la mayor parte de la obra.


Antigua máscara ceremonial inca que representa a Inti, el “dios Sol”.

CONCLUSIÓN

El carácter de la obra del Inca Garcilaso no es restringido ni excluyente, sino que busca la integración y la fusión. El mestizo cusqueño sabía perfectamente que a mediados del siglo XVI ya no se podía revivir el Tahuantinsuyo. Y sabía también que, a pesar de todas las leyes españolas y más allá de los actos forzados, tampoco se podía implantar una artificial Nueva Castilla. Había surgido algo distinto que, simbólicamente, no tenía un nombre castellano ni quechua, sino que se llamaba con un vocablo espontáneo y criollo: el Perú.



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