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"La vuelta del malón" (1892). Óleo sobre tela de Ángel Della Valle (1852-1903). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.
Cangapol, cacique de los tehuelches, siglo XVIII.
Juan Catriel, llamado "el Viejo"(c. 1770 – 1848), de la dinastía de los Catriel, cacique principal que vivió en el siglo XIX en la campaña porteña gobernando a guerreros de la nación pampa.
Ejecución de Túpac Amaru II en 1781.
Ilustración de un encuentro entre el cacique Calfucurá con un eclesiástico, hacia 1859.

Caciques americanos



En el largo proceso de conquista, hubo una gran cantidad de nombres que hoy conocemos a través de algunas plazas, calles, ríos y pueblos. Estos personajes destacaron por su bravura y heroísmo a la hora de enfrentar al hombre europeo durante el siglo XVI: los caciques.

SIGNIFICADO

La palabra cacique es un vocablo de origen taíno (lengua de filiación arawak hablada en las Antillas en el momento de la conquista europea) que se incorporó al caudal léxico español para designar al individuo que representaba la autoridad en una comunidad indígena, sin atender a la diversidad de los sistemas políticos de América ni a la nomenclatura autóctona.

Por extensión semántica, este término ha pasado a denominar al individuo que ejerce un liderazgo local despótico: el caciquismo. Posiblemente la palabra "cacique" llegó a ser sinónimo de autoridad omnímoda y despótica, debido a la tendencia de los conquistadores de buscar instituciones equivalentes a las europeas entre los pueblos indígenas americanos. Al no encontrarlas, por tratarse de realidades culturales diferentes, los europeos malinterpretaron las culturas indígenas e incluso llegarían a negar la existencia de un orden social.

EVOLUCIÓN DEL CONCEPTO

El término "cacique", que los españoles habían adoptado en las Antillas e introducido en el continente americano, nunca se definió con claridad, porque los españoles no entendían ni les importaba en aquel momento analizar las distintas formas de organización sociopolítica de los pueblos originarios que diferían profundamente de las castellanas; por lo tanto, no conocemos las funciones originales de los caciques en las islas ni si su cargo era vitalicio, hereditario o electivo. Lo cierto es que las autoridades existentes, si se mostraban dispuestas a colaborar, fueron utilizadas como intermediarias para recolectar los tributos y organizar los contingentes de trabajadores para el encomendero, así como para hacer cumplir cualquier disposición que las autoridades españolas decretasen para la población autóctona.

De este modo, aunque las estructuras sociopolíticas y jurídicas que los europeos encontraron en las diferentes regiones del continente diferían de las antillanas y entre sí, el concepto "cacique" se aplicó indistintamente, por lo que se fue vaciando de sentido.

El significado del concepto resultaría aún más confuso desde que, en nombre del monarca, a través de una Cédula Real fechada el 26 de febrero de 1538 se insistió en que cualquier autoridad indígena fuera sólo llamada "cacique", igualando por esta fórmula desde los más humildes jefes de bandas poco numerosas, hasta los reyes y nobles de los extintos imperios prehispánicos. Se ponía en este documento especial cuidado en prohibir el tratamiento de "señor", que en castellano podía implicar una autoridad efectiva y un trato reverencial, insistiendo al respecto que:

“…así convenía a nuestro servicio y preeminencia Real y mandamos a los virreyes y Audiencias que no lo consientan ni permitan y solamente pueden llamarse caciques y principales.”

Con ello se generalizó el término "cacique" en el discurso oficial y se borró la diferenciación entre distintos títulos, cargos y formas de gobierno antiguos. A la vez creció la confusión porque, si a cada señor se llamaba cacique, se suponía que también al revés, cada cacique había sido un señor indígena, olvidando que también había caciques que obtuvieron su cargo a través de una designación de los invasores, sólo por colaborar con ellos. Evidentemente, tampoco se clarificó el problema de la sucesión en los cargos.

En efecto, a mediados del siglo XV existía en las diversas provincias de la Nueva España una gran variedad en cuanto a las formas de acceso a cargos de gobierno y jurisdicción. Así lo señaló el virrey Antonio de Mendoza al informar a su sucesor, Luis de Velasco, acerca de las elecciones de los caciques y gobernadores:

En lo tocante a las elecciones de los caciques y gobernadores de los pueblos de esta Nueva España ha habido y hay grandes confusiones, porque unos suceden en estos cargos por herencia de sus padres y abuelos, y otros por elecciones, y otros porque Moctezuma los ponía por calpisques en los pueblos, y otros ha habido que los encomenderos los ponían y los quitaban a los que venían, y otros nombraban los religiosos (...) Hay otra elección de gobernador en algunos pueblos, que es cargo por sí, diferente del cacique, que tiene cargo del gobierno del pueblo, y éste eligen los indios (...)

En adelante la Corona, en su camino hacia el absolutismo, impediría la interferencia de particulares en la designación de cargos de administración y justicia. Para ello el rey Felipe II pretendía uniformar la gran variedad que había surgido en la primera mitad del siglo XVI en las formas de creación y de sucesión de los caciques. A la vez, deseaba asimilarlas a las reglas nobiliarias vigentes en Europa. En consecuencia, creó –y después reconoció como legítima–, solamente la sucesión por derecho hereditario sin importar de dónde habían surgido los caciques en un principio. En el siglo XVII se tomaría por "costumbre" y "derecho antiguo" que los hijos sucediesen a sus padres en el cacicazgo y así fue recopilado en el siglo siguiente. Pero habría que subrayar que esto no fue la forma original y uniforme llevada a cabo en los señoríos del nuevo continente.


Retrato de Felipe II. Bajo su reinado pretendió uniformar las formas de creación y de sucesión de los caciques.

Cabe preguntarse si en verdad los hijos siempre estaban interesados en heredar el cacicazgo. En los casos en que sus padres habían sido azotados, ahorcados o se suicidaron por no poder cumplir con las exigencias del encomendero o del funcionario real, nadie quería heredar el cargo; pero cuando el padre se había enriquecido y el cacicazgo había resultado provechoso, entonces sí valía la pena asumir el cargo. En estos casos hubo hijos y nietos de caciques que presentaron sus "Probanzas de méritos y servicios" ante las autoridades coloniales aduciendo la colaboración que sus antepasados prestaron a los conquistadores, para obtener privilegios que el nombramiento de cacique conllevaba. Por lo tanto, se explica que el concepto de "cacique" adquiriera con el tiempo un sentido negativo refiriéndose a alguien que se enriquecía a costa de los demás con base en el poder sostenido por la autorización de funcionarios estatales.

Esta situación ambigua se sumaba, pues, a cierta desarticulación en las relaciones sociales internas de los grupos indígenas, producto del mestizaje, de la catástrofe demográfica y el desarraigo de las personas que eran enviadas a los nuevos centros de explotación (sean minas y/o plantaciones). En muchos casos el cacique fue perdiendo ascendiente sobre su comunidad, que a su vez comprendía paulatinamente que la autoridad efectiva era detentada en otras instancias.

De esta manera, el término “cacique” pasó entonces a ser un concepto aplicado por los españoles a ciertas personalidades de las culturas originarias de América, empleándose con frecuencia de forma equívoca para los hombres que ostentaban mayor poder económico. Este error persistió entre los no especialistas, ya que se suele designar como caciques a los soberanos absolutos de imperios (aztecas, quechuas, taínos, etc.), del mismo modo que a los jefes o líderes de pequeñas poblaciones, como por ejemplo los nambikuara. Es así que, vulgarmente, se llama "cacique" a los curacas del Antiguo Perú, a los toki, longko y ülmen mapuches y a los ruvichá guaraníes.

ACTUACIÓN DE LOS CACIQUES FRENTE A LA CONQUISTA

La llegada de los europeos al territorio americano produjo la desestructuración de los pueblos en ella asentados. La desigualdad en el plano político y administrativo, junto a la intolerancia e incomprensión de la cultura dominante impidieron el desarrollo de un intercambio equitativo entre ambas. A pesar de ello, no se puede hablar de una sustitución de la cultura indígena, sino del desarrollo de un complejo proceso que mezcló la realidad autóctona y la europea. Así fue como la nueva sociedad dominante procedió a la selección de aquellos aspectos que le eran beneficiosos para su propio desarrollo como, por ejemplo, la organización cacical que, además de ofrecer una cierta continuidad estructural, fue empleada como sistema de control ante la población indígena.

La estructura del cacicazgo y, por lo tanto, la figura del cacique, así como parte de sus antiguas atribuciones, fue uno de los elementos que sobrevivieron a la Conquista, aunque en su conjunto, vinculados y organizados por el propio poder colonial. Gracias al mantenimiento de esta institución, las autoridades peninsulares encontraron una fórmula que, básicamente, no alteró los antiguos modelos precolombinos. Esto generó una sensación de continuidad dentro de la propia comunidad indígena, puesto que ésta hallaba en la figura del cacique un referente correspondiente a su antigua cultura. En consecuencia, el reconocimiento de su autoridad fue uno de los elementos básicos que permitieron su supervivencia, dependiendo del área, hasta bien entrados los procesos independentistas.

Tras la Conquista se crearon dos realidades contrapuestas: la “República de los peninsulares” y la “República de los indios”, actuando las autoridades indígenas como mediadora entre ambas. Es así como los antiguos caciques se transformaron en una especie de intermediarios entre la Corona y la masa indígena, asegurándose de este modo el mantenimiento de parte de su status pasado. Ahora bien, la realidad fue distinta, ya que muchos caciques nunca volvieron a recobrar su poder, puesto que sus intereses se hallaban en franca contradicción con aquellos propios de los “nuevos caciques”; es decir, las autoridades locales que respondían como encomenderos. Es bien sabido que la masa indígena no estableció contacto directo con la dinámica colonial, sino que fueron dichos “señores naturales”, sometidos y leales a la Corona, los que actuaron de puente entre ambas realidades. Por lo tanto, los caciques se convirtieron en uno más de los instrumentos de control y administración hispana.


Inacayal (1833-1888), cacique tehuelche de orígenes diversos que vivió en el siglo XIX en la zona norte de la Patagonia argentina. Fue uno de los últimos en resistir, al mando de tres mil hombres, la llamada Conquista del Desierto del ejército del general Julio Argentino Roca.

Debido entonces a la persistencia de dicha organización prehispánica, buena parte de sus elementos se insertaron en el ordenamiento jurídico indiano. Como consecuencia, se procedió a la reglamentación de las atribuciones del cacique con el fin de que su figura no constituyera un estorbo para la jurisdicción de los organismos de la metrópoli.

Si bien es cierto que los caciques fueron tratados con deferencia respecto al resto de los indígenas, a lo largo del siglo XVI su posición fue fluctuando considerablemente, y ello se puede distinguir a través de dos momentos clave:

  • En el primero de ellos, desarrollado durante las dos primeras décadas que siguieron a la Conquista de buena parte de Mesoamérica, las relaciones que se establecieron entre “Señores naturales” y autoridades coloniales no están muy claras. De la misma manera que tampoco lo fue la posición de la Corona frente al debate sobre la capacidad del indígena para organizarse y vivir separadamente de los españoles. Ejemplo de ello fue el empleo, durante los primeros años de la colonia, del título “Señores naturales”, término que fue prohibido y sustituido por “cacique” según consta en la Cédula Real de 1538.
  • El segundo de ellos, en cambio, se desarrolló a partir de 1540 y fue afianzándose hasta finales del siglo XVI, consecuencia del reordenamiento del territorio americano así como también de su administración. En este sentido, tal y como se observa en las Leyes Nuevas de 1542 y en un número importante de Cédulas Reales dictadas por Carlos V y Felipe II, las tesis propuestas por Fray Bartolomé de Las Casas que abogaban por la capacidad de autogobierno indígena terminaron por imponerse. Así, no sólo se procedió al restablecimiento de los cacicazgos, sino también al mantenimiento, en cierta medida, de las categorías sociales basadas según el rango que cada individuo poseía en la época prehispánica. No obstante, a juzgar por las denuncias del fraile dominico a las que se sumaron las realizadas por Fray Rodrigo de Andrada en las que se pide “miramiento y respeto a las personas que entre ellos son nobles y de buen origen, pues las leyes justas tuvieron este miramiento y lo establecieron”, parece que en poco o nada se cumplieron dichas Leyes y Cédulas.

La Corona entonces impulsó un claro proceso de hispanización sobre este grupo, ya que se los consideraba aliados frente al poder creciente y desordenado de ciertos encomenderos y de algunas autoridades locales. Los mecanismos con los cuales se llevó a cabo este proceso fueron diversos.


Namuncurá (c. 1811 – 1908) cacique originario de la nación mapuche. Su nombre proviene del mapudungun Namunkura, 'pie de piedra'; de namun, 'pie', y kura, 'piedra'

En primer lugar, aunque carecían de un poder real, poseían privilegios sobre sus subordinados, pudiendo la Corona conceder permiso a los caciques sobre el uso de armas, caballos o incluso poseer escudos de armas. En segundo lugar, la educación de los hijos de los mismos desempeñó un papel fundamental. No obstante, dicha actividad no tomó una cierta relevancia hasta el reinado de Felipe II que, en 1579, encargó a los virreyes la conservación de colegios especiales para los hijos de los caciques, así como la creación de otros nuevos donde se enseñara la doctrina cristiana, las buenas costumbres y la lengua castellana. En tercer lugar, la adopción de un nombre cristiano, precedido del tratamiento de Don, después de ser bautizados. Y, finalmente, mencionar también la incorporación de las costumbres y el lenguaje de los conquistadores.

De esta forma, se desarrolló una especie de “nobleza nativa” en la que se estableció una jerarquía en base a lo que anteriormente había sido el propio status. Una “nobleza nativa” que no se hallaba obligada a realizar los mismos trabajos que el resto de la población, que no debía pagar tributo, y que a la vez podía mantener su patrimonio y recibir impuestos y servicios de sus súbditos. Sus atribuciones pueden resumirse de la siguiente manera: fueron los encargados de distribuir el salario del trabajo en haciendas a naturales, establecer la rotación de servicios personales, supervisar las tareas de trabajo común y evitar altercados dentro de las distintas unidades que constituían los pueblos. No obstante, y en contraposición a su status anterior, no podían poseer esclavos para su servicio o para su tráfico y venta a los españoles, así como tampoco podían administrar justicia; además, y teniendo en cuenta el proceso de cristianización promovido por la monarquía, se prohibió explícitamente que los caciques pudiesen recibir en tributo a las hijas de sus indios o bien tener varias mujeres. Paralelamente, como medida de protección, según Cédula Real de 1549, se dictaría que sus actos delictivos debían ser juzgados según procedimiento especial y no por justicias ordinarias, tal y como se venía realizando. Dicha justicia dependía directamente de la Audiencia del distrito al que pertenecía el cacique.

A pesar de su situación privilegiada, el papel de los caciques no fue para nada sencillo. Como consecuencia del constante descenso de mano de obra en las minas y plantaciones, así como también el incremento o la falta de revisiones anuales de las tasaciones de las encomiendas, los caciques se vieron obligados a demandar tributos que no podían ser cumplidos por su pueblo. De este modo, se generó un cierto malestar frente a esta figura que se erigía como nuevo opresor, haciendo que su posición sea un tanto incómoda al hallarse entre dos fuegos. En relación a este hecho, y teniendo en cuenta los textos de Fray Bartolomé de Las Casas, una hipótesis probable es que, a consecuencia del maltrato que se infligió a los caciques, éstos perdieron credibilidad ante su pueblo y, por lo tanto, parte de su antiguo status.

LÍDERES DE LA RESISTENCIA INDÍGENA

Los distintos pueblos indígenas, pese a la profunda y duradera destrucción provocada por la conquista y pese al intenso proceso de aculturación al que fueron sometidos, conservaron cierta capacidad de resistencia y desde el inicio de la colonización expresaron su protesta y su rechazo a la dominación colonial. Los mecanismos de defensa fueron variados, desde la resistencia pasiva o la simple huida hasta la rebelión armada, pero en todos los casos se destacaron caciques y líderes que guiaron a sus pueblos en búsqueda de su liberación.

  • Hatuey (¿? – 1512)

Cacique taíno proveniente de la isla La Española, luchó contra los conquistadores en los actuales territorios de República Dominicana,Haití y en Cuba, con lo cual es conocido como el Primer Rebelde de América. Sobreviviente de la matanza llevada a cabo por Nicolás de Ovando en Jaraguá hacia 1503, arribó a la isla de Cuba, donde entró en contacto con las diferentes tribus de indígenas taínos a quienes les aconsejó que se preparasen para la lucha contra los españoles.


Talla en madera del cacique Hatuey, ubicada en el poblado de Yara, actual provincia de Granma, Cuba.

Según Fray Bartolomé de Las Casas, Hatuey mostró a los cubanos una cesta llena de oro y de joyas y dijo: “Este es el Dios que los españoles adoran. Por estos pelean y matan; por estos es que nos persiguen y es por ello que tenemos que tirarlos al mar... Nos dicen, estos tiranos, que adoran a un Dios de paz e igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos. Ellos nos hablan de un alma inmortal y de sus recompensas y castigos eternos, pero roban nuestras pertenencias, seducen a nuestras mujeres, violan a nuestras hijas. Incapaces de igualarnos en valor, estos cobardes se cubren con hierro que nuestras armas no pueden romper.

La estrategia de Hatuey fue la de atacar a modo de guerrilla. Por cerca de tres meses sus tácticas mantuvieron a los españoles a la defensiva. Paulatinamente los indígenas fueron exterminados hasta que uno de los prisioneros delató a Hatuey. El líder fue inmediatamente juzgado como hereje y rebelde, y condenado a la hoguera. Se le ofreció la salvación de su alma para ir al cielo. Hatuey preguntó: “¿Y los cristianos también van al cielo?”. Al recibir una afirmación dijo entonces que él no deseaba saber nada de un Dios que permitía que tal crueldad fuera hecha en su nombre: “No quiero yo ir allá, sino al infierno, por no estar donde estén y por no ver tan cruel gente.


Relieve de Hatuey en la hoguera ubicado en el Capitolio de La Habana, Cuba.

  • Atahualpa (1500 – 1533)

Fue el decimotercer Inca, considerado como el último gobernante del Imperio. Hijo del emperador Huayna Cápac, fue favorecido por su padre al decidir dejarle el reino de Quito, la parte septentrional del Imperio Inca en perjuicio de su hermanastro Huáscar, al que correspondió el reino de Cuzco, hecho que dio inicio a una larga y cruenta guerra civil.


Retrato de Atahualpa según una ilustración de un miembro del destacamento de Pizarro.

Tras trece batallas logró vencer a su hermano Huáscar en el año 1532 en Quipaypan, cerca de Cuzco, tras lo cual se proclamó emperador de toda la tierra inca. Hacia noviembre, Francisco Pizarro concertó una reunión con el soberano inca en Cajamarca. Atahualpa entró en la gran plaza de la ciudad, con un séquito de unos cuatro mil hombres prácticamente desarmados, para encontrarse con Pizarro, quien había emplazado de forma estratégica sus piezas de artillería y escondido parte de sus efectivos en las edificaciones del lugar.

Según la versión tradicional, después de un inesperado ataque español, habría sido hecho prisionero y, a los pocos meses, acusado de traición y conspiración. Para obtener la libertad, el emperador se comprometió a llenar de oro, plata y piedras preciosas la estancia en la que se hallaba preso, lo que sólo sirvió para aumentar la codicia de los conquistadores. Después de cumplir su parte, los españoles lo sentenciaron a muerte por idolatría, fratricidio, poligamia e incesto y lo acusaron de ocultar un tesoro. Condenado a la muerte en la hoguera, su pena se vio conmutada por la de garrote, al abrazar la fe católica antes de ser ejecutado, el 29 de agosto de 1533.


Funerales de Atahualpa, pintura de Luis Montero (1828 – 1869), Museo de Arte de Lima.

  • Túpac Amaru II (1738 – 1781)

El líder de la insurrección indígena más extraordinaria fue José Gabriel Condorcanqui, conocido posteriormente como Túpac Amaru II. Adoptando el nombre de su ancestro Túpac Amaru (1542 - 1572), último Sapa Inca de la resistencia en Vilcabamba, lideró la «Gran rebelión» que se desarrolló en el Virreinato del Río de la Plata y el Virreinato del Perú; rebelión iniciada el 4 de noviembre de 1780 con la captura y posterior ejecución del corregidor Antonio de Arriaga.


José Gabriel Condorcanqui (1738 – 1781), conocido posteriormente como Túpac Amaru II, caudillo indígena líder de la mayor rebelión anticolonial que se dio en América durante el siglo XVIII.

Encabezó el mayor movimiento de corte indigenista e independentista en el Virreinato del Perú al solicitar la libertad de toda América de cualquier dependencia, tanto de España como de su monarca. Ello implicaba no sólo la mera separación política sino la eliminación de diversas formas de explotación indígena. No obstante, en la batalla de Checacupe, el 6 de abril de 1781 los rebeldes fueron aplastados, y Túpac Amaru fue traicionado por su lugarteniente y hecho prisionero. Apresado en el convento de la Compañía de Jesús, fue sucesivamente interrogado y torturado. Según se relata, poco antes de someterlo a la pena capital, cuando el visitador José Antonio de Areche entró al calabozo para exigirle los nombres de los cómplices de la rebelión. Túpac Amaru II le contestó: "Solamente tú y yo somos culpables, tú por oprimir a mi pueblo, y yo por tratar de libertarlo de semejante tiranía. Ambos merecemos la muerte."

El 18 de mayo de 1781, en evento público en la Plaza de Armas de Cuzco, Túpac Amaru II fue obligado a presenciar la tortura y asesinato de su familia: su tío, sus dos hijos mayores y finalmente su esposa. Luego seguiría la ejecución del líder, un testigo relató: “Se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo: atáronle a las manos y pies cuatro lazos, y asido éstos a la cincha de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos ni fuesen muy fuertes, o el indio en realidad fuese de fierro, no pudieron absolutamente dividirlo, después de un largo rato lo tuvieron tironeando, de modo que le tenían en el aire, en un estado que parecía una araña.” Los verdugos optaron por decapitarlo y posteriormente despedazarlo. Como medida intimidatoria, el virrey mandó a repartir sus partes en los pueblos que apoyaban la rebelión.

  • Toro Sentado (1831 – 1890)

Tatanka Iyotanka, más conocido como Toro Sentado, fue un reconocido jefe nativo norteamericano de la tribu sioux. Considerado un líder espiritual de los lakota, fue elegido como jefe supremo de toda la nación sioux cuando se incrementaba el acoso del ejército estadounidense sobre sus tierras ancestrales. Ante esta situación, logró la alianza de varios jefes sioux y cheyennes y se enfrentó a las tropas gubernamentales en la batalla de Little Big Horn, considerada la peor derrota de las fuerzas armadas en las Guerras Indias.


Retato de Tatanka Iyotanka, más conocido como Toro Sentado.

La tragedia de Little Big Horn desató la ira de los estadounidenses, y desde entonces la imagen del indio salvaje y bárbaro se afianzaría en todo el país. Esto hizo que la rendición de los nativos se tornara inevitable, con lo cual hacia 1877 Toro Sentado decidió refugiarse en Canadá, donde permanecería cuatro años. Regresó a los Estados Unidos para entregarse a las autoridades gubernamentales.

Pasó los últimos años de su vida en la reserva de Standing Rock, y formó parte del espectáculo de Buffalo Bill. No obstante, su hostilidad hacia Estados Unidos se mantendría, y ello lo indujo a unirse al movimiento de la Danza de los Espíritus, que pretendía el regreso a los viejos tiempos y la destrucción del hombre blanco apelando a los espíritus de los antepasados. Fue asesinado mientras un grupo de policías lakota ejecutaba su captura, acusado de instigar una nueva rebelión.

  • Calfucurá (¿? – 1873)

Poderoso cacique araucano de las pampas del sur y del oeste argentino, fue responsable de casi todos los malones que hostigaron la provincia de Buenos Aires a mediados del siglo XIX. Se deduce que creó una Confederación Indígena unificando por la persuasión o la fuerza las voluntades de decenas de caciques y multitud de tribus dispersas, con lo cual, y a través de maniobras diplomáticas astutas combinadas con acciones militares de gran audacia y eficiencia, derrotó varias veces a las unidades del ejército.

Luego de derrotar a las tropas de Bartolomé Mitre en Sierra Chica, fue vencido por el general Wenceslao Paunero en 1857, y nuevamente en Pigüé al siguiente año. Luchó del lado de la Confederación en la Batalla de Cepeda (1859) y continuó incursionando en las ciudades de la provincia de Buenos Aires hasta que fue derrotado en la batalla de Pichi Carhué, el 8 de marzo de 1872, que provocó la muerte de doscientos indios.

El terror indio de las pampas murió el 3 de junio de 1873, en su propio toldo en Chilihué, cerca de General Acha en La Pampa; en su más encumbrado momento, había llegado a comandar tres mil entrenados guerreros y había sido el jefe de veinte mil indios.

  • Sayhueque (1818 – 1903)

Fue uno de los caciques más importantes de la Patagonia argentina. Definido como el “último cacique manzanero” y jerarca absoluto de los huilliches (gente del sur), habitó junto a sus tribus buena parte del sur de la provincia del Neuquén y el norte de Río Negro. Durante la Campaña del Desierto consultó a otros caciques, reunió un parlamento de guerreros y preparó a su gente para la resistencia; mapuches y ejército se enfrentan en Auca Mahuida y en el río Agrio. Pero el territorio es amplio y los mapuches libraron una guerra de guerrillas, golpeando al ejército en sus puntos débiles, sin que se produjeran grandes enfrentamientos.


Valentín Sayhueque (1818 – 1903), cacique (lonko) de la región sur de la Provincia del Neuquén, en la Patagonia argentina.

En 1881 el general Conrado Villegas lanzó la Campaña al Nahuel Huapi, con el objetivo de batir a los indios de Sayhueque, que se estima, tenía en ese momento 1.000 lanceros. El ejército movilizó a 1.700 hombres en tres brigadas. Pese al juramento de los jefes indígenas, los contrastes y la diferencia de armamento hicieron mella en el ánimo de los nativos. Agotado y desmoralizado, Sayhueque se entregó el 1 de enero de 1885 con más de 3.000 hombres. Murió el 8 de septiembre de 1903 luego de que un ataque al corazón lo derrumbara durante una ceremonia ritual en Chubut.



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