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Venezuela y su literatura

Los primeros pasos de la Literatura en Venezuela se pueden ubicar a partir de las historias y crónicas coloniales (siglos XVI y XVIII), específicamente con el primer escritor venezolano José de Oviedo y Baños, quien logra contar la conquista y población de la Provincia de Venezuela, a través de una pluma épica y rimada, la cual sale a la luz en Madrid (España) en 1723. Muchas anécdotas se han encontrado sobre la actividad teatral durante la colonia, pero ningún autor logró dejar evidencia física escrita.

En el siglo XIX, específicamente, entre 1810 y 1830, la nación de las guerras de independencia será el tema central para continuar abonando la semilla de la Literatura Venezolana. El estudio del pasado precolombino, el presente agitado, los procesos sociales, jurídicos y económicos, enmarcarán los escritos de la época. Destaca sin lugar a dudas Simón Bolívar, paseándose por diferentes géneros en prosa (epístolas, discursos, proclamas, biografías). Resaltan su dominio del lenguaje y la fuerza de su estilo, especialmente en: Carta de Jamaica (1815), Discurso al Congreso de Angostura (1819), Mi delirio sobre el Chimborazo (1822), catalogándose este último como un canto a la naturaleza, un destello poético de El Libertador, ya que será reconocido más por su pensamiento político y social en sus escritos.

Los primeros escritores republicanos se dedicarán a compilaciones, narraciones y tratados interpretativos. Quien marca pauta en la creación literaria del momento será Andrés Bello, con su poesía neoclásica, fundiendo el sentimiento de la naturaleza y el paisaje al romanticismo y al estilo casto y clásico. Su poema “Silva a la Agricultura de la Zona Tórrida” invita a venezolanos y americanos a repudiar las luchas civiles y a buscar la libertad en el campo y las labores agrarias, exaltando la belleza tropical. Bello, conocido también como jurista, filósofo y gramático, aportó no sólo para Venezuela sino para la América en gestación, especialmente en lo relacionado a la estructura de la Lengua Castellana y a la fundación de los estudios universitarios.

En esta misma época pero con una vertiente algo distinta se encuentra a Simón Rodríguez, dueño de una personalidad original para su tiempo, su estilo y pensamiento rompieron todos los moldes tradicionales. Reconocido por ser El Maestro de El Libertador, marcó pauta en cuanto a educación se refiere, proponiendo ideas revolucionarias para la época, que aún hoy en día para muchos siguen siendo innovadoras, como la incorporación de la educación artesanal y productiva en la escuela pública. Hizo sentir su pensamiento reformista a través de un estilo en su escritura, con una sintaxis y una puntuación originales. Muchas de sus ideas visionarias quedaron plasmadas en “Sociedades Americanas” (fragmentos),” Luces y virtudes sociales”, “Defensa de Bolívar” y “Consejos de Amigo dados al Colegio de Latacunga”.

El Romanticismo llega a su máxima expresión con Juan Antonio Pérez Bonalde y sus poemas “Vuelta a la Patria” (1876) y “Poema al Niágara” (1882), en los cuales aclama los sentimientos verdaderos y la exaltación del dolor, muy propios de su trágica vida personal. Pérez Bonalde marca el inicio y el fin de la poesía romántica en Venezuela. También se dedicó a la traducción literaria, siendo ésta la labor por la cual fue reconocido en suelos extranjeros, donde vivió la mayor parte de su vida. En narrativa, Eduardo Blanco lanza destellos del costumbrismo nacional con su obra “Venezuela Heroica” (1881), retomando la epopeya clásica a la cual le incorpora colores y ritmos de la vida social venezolana.

Con la Revolución de Abril (1870) llega al poder Antonio Guzmán Blanco, quien inicia importantes reformas educativas, como la instrucción laica, gratuita y obligatoria a cargo del Estado. Esto permite el ingreso de corrientes librepensadoras a las universidades, especialmente del positivismo y del modernismo latentes en Europa. José Gil Fortoul y Lisandro Alvarado se encargaron de fundar la ciencia histórica moderna del país y la investigación lexicográfica, dejando las puertas abiertas para lo que luego serían los estudios etnográficos, antropológicos y geográficos.

Después de 1880 se comienza a perfilar en el país un verdadero movimiento literario, con el propósito de crear formas e ideas estéticas propias, indagar rasgos psicológicos y complejos sociales a través del acontecer real y vital. Es así como se inaugura la narrativa venezolana, desde el plano modernista con Manuel Díaz Rodríguez, quien describe la decadencia de la aristocracia colonial y las costumbres del campo, especialmente en “Ídolos Rotos” (1901). Manuel Vicente Romerogarcía escribe “Peonía” (1890), donde se conjugan el costumbrismo y la sátira política. Gonzalo Picón Febres estampó las crueldades de las guerras civiles en “El Sargento Felipe” (1899). La gente frívola, urbana y rapaz es presentada por Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, quien describe la naturaleza y los paisajes de manera mordaz y satírica, pregonando el nativismo como superación literaria, especialmente con su obra “En este país” (1910). Es un fin de siglo e inicio de otro con riqueza y variedad literaria, confluencia de vertientes y corrientes diversas universales, que muestran una Venezuela abierta a nuevas ideas para que vivan, se reproduzcan y se diversifiquen en sus tierras y su gente.

La narrativa venezolana alcanza su mayoría de edad con José Rafael Pocaterra, Teresa de la Parra y Rómulo Gallegos. Luchador político activo, lo cual incluso lo llevó al presidio, Pocaterra pintó vidas humildes de la provincia y vicios de la alta sociedad, con un estilo vigoroso, unas veces sarcástico, otras muy solidario, como en “Cuentos Grotescos” (1922). Teresa de la Parra, primera mujer venezolana reconocida en las letras, precisamente da cuenta del sentimiento femenino, especialmente el que está oculto tras los vestidos y cortinas de la época, dejando percibir el sentimiento sublime y maternal en “Memorias de Mamá Blanca” (1927).

Rómulo Gallegos, considerado el máximo exponente de la literatura venezolana, marca el fin de una etapa y el comienzo de otra. Con él quedan atrás el nativismo, el costumbrismo, el lirismo. Su obra se presenta como un conjunto de comunicantes entre sí y centrados en torno a una misma problemática. Se descubre que los personajes pasan de un libro a otro con diferentes nombres. Tienen los mismos rasgos, presentan las mismas cualidades o vicios. Así se forma una humanidad galleguiana de peones leales, de mulatos o mestizos, de jefes civiles pícaros, de aventureros, de mujeres que apaciguan ímpetus, de jóvenes desorientados. Algunas constantes de su obra son la lucha entre la voluntad civilizadora y la resistencia regresiva, sea personal o colectiva; los conflictos provocados por los mestizajes, realidad palpable y marcada en la Venezuela del momento; la descendencia ilegítima y los casamientos entre personas de grupos sociales diferentes o contrapuestos. Todo ello a través de un tejido de palabras metafóricas, con riqueza de modismos populares y vanguardistas, se concilian los modos de expresión de las hablas culta y popular, sin faltar el soplo lírico finalmente. Su máxima obra “Doña Bárbara” (1929), lanzó la fama de su nombre por el mundo, sin embargo, no dejan de ser especiales “La Trepadora” (1925), “Cantaclaro” (1934), “Canaima” (1935), “Pobre Negro” (1936).

Arturo Uslar Pietri, ensayista, economista y hombre público en los medios televisivos, se puede calificar como el creador del cuento moderno venezolano. A través del relato breve, mostró dominio del mismo y diversidad en el estilo, así se puede ver en “Barrabás y otros relatos” (1928), aunque también es importante resaltar el valor de sus novelas “Las lanzas coloradas” y “La isla de Robinson” (1981), donde cobran realidad la ficción y la historia. “Cubagua” (1931) de Enrique Bernardo Núñez marca una evolución en la narrativa venezolana, ya que supera el modelo realista, lineal, para desarrollar la acción en tiempos históricos diversos, pasando constantemente del presente al pasado. Julio Garmendia escribió cuentos de diversa tónica, más estéticos que históricos, como “La tuna de oro” (1951). En 1940, Antonio Arráiz publicó “Tío Tigre y Tío Conejo”, un conjunto de cuentos que, por medio de figuraciones folclóricas, describen comportamientos venezolanos, con un mensaje de paz al final. Ramón Díaz Sánchez, narrador importante de la época, ahonda en temas como el mestizaje y el medio petrolero, especialmente en “Cumboto” (1950). De igual manera, Miguel Otero Silva incorpora la temática política y social en sus novelas, sin dejar de lado la innovación literaria y la capacidad genial de ficcionar, algunas de sus obras son: “Fiebre” (1939), “La muerte de Honorio” (1963), “Cuando quiero llorar no lloro” (1970), “La piedra que era Cristo” (1984).

Con Guillermo Meneses se inicia un nuevo camino en la literatura venezolana, dejando atrás temas criollos, e incorporando situaciones y personajes que muestran la realidad de una Venezuela moderna, petrolera y urbana. “El falso cuaderno de Narciso Espejo” (1952) es una novela con una narración firme y compleja, que muestra chispazos de la vida de Meneses, incluyendo temas tal vez reservados: perversiones, comportamientos de los fracasados, explicita la sexualidad. Después de Meneses, la narrativa se abrió a diversas modalidades y experiencias.

Del grupo literario “Contrapunto” (1946-1949) surgieron autores espléndidos, sobresalen Oscar Guaramato (Cuentos en tono menor, 1980), Luis Brito García (Vela de armas, 1970), Oswaldo Trejo (También los hombres son ciudades, 1962), y Adriano González León (País Portátil, 1968). Resalta Antonia Palacios, autora del libro “Ana Isabel, una niña decente” (1944), memorioso relato de la niñez vivida en la ciudad de Caracas a finales del siglo XIX, a través de mini cuentos, colocando lo fantástico e irreverente sobre el tapete.

Fue la poesía quien más tardó en deslastrarse de los cánones provenientes de los aires europeos. A partir de 1920 destacan Andrés Eloy Blanco, Fernando Paz Castillo, Jacinto Fombona Pachano, José Antonio Ramos Sucre, maestro del poema en prosa, simbólico y misterioso. Además de buscar una expresión diferente al romanticismo, estos poetas coinciden en el sentimiento amoroso de la naturaleza, en la influencia del impresionismo y en el propósito de incluir lo coloquial.

Vicente Gerbasi, poeta proveniente del Grupo Literario “Viernes”, resulta una de las voces líricas más intensas de Venezuela, con su poema “Mi padre, el inmigrante” (1945). Luego, la “Generación del Sesenta”, conformada después del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez (1958), marca la ruptura radical con el pasado, vale mencionar a Rafael Cadenas, Juan Calzadilla, Ramón Palomares, Hesnor Rivera. El poema breve es dado a conocer por Luis Alberto Crespo, a través de la vivencia de su terruño natal, penetra profundamente en la condición humana, tal es el caso de “Costumbre de sequía” (1977).

Mucha de la producción literaria, a partir de cierto momento, refleja nítidamente el clima de violencia que se vivía en Venezuela. Se desarrolla una narrativa en la cual alzan la voz quienes no lo habían hecho: los guerrilleros toman la palabra, con un lenguaje cargado de figuras literarias interesantes. Por otro lado, también se desarrolla una literatura más profunda, ensimismada en las redes internas de la búsqueda interior, generalmente ligada a un contexto social y cultural.

La Literatura Infantil ha ido tomando forma en nuestro país. Laura Antillano y Armando José Sequera se han empeñado en animar a los bajitos y las bajitas para que tomen el libro en sus manos y formen parte de la maravilla de leer, crear y recrear, como con “La luna no es pan de hornos” (Antillano, 1988) y “Teresa” (Sequera, 2000). De igual manera, ha tomado importancia la Literatura Indígena, desde el hecho de aportar para la construcción de la gramática de algunas lenguas indígenas, hasta dar a conocer sus cosmogonías e historias de sus universos, tal como hizo el mundo occidental. Muchos son los autores, entre ellos, Miguel Angel Jusayú con “Relatos guajiros” (1979).

En la actualidad, autores de la talla de Ednodio Quintero (La danza del jaguar,) y Gustavo Pereira (Los seres invisibles, 2005), son algunos de los escritores reconocidos en Venezuela e inclusive en el exterior, quienes también forman parte de grupos literarios, activos en seminarios y eventos relacionados con la investigación, reflexión y promoción de la literatura venezolana. Así como ellos, muchos más escritores y escritoras siguen produciendo la Venezuela escrita, que ha tenido un gran impulso en estos últimos años, en lo que a promoción y divulgación se refiere, apoyando desde su espacio en la construcción del país.



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