Los cuentos de Charles Perrault

Auténtico emblema de la literatura infantil, la obra del autor francés no está sin embargo exenta de polémica. ¿Continúan siendo sus cuentos un material para niños o se trata de obras que en este momento les pueden resultar perjudiciales?

Charles Perrault (1628 – 1703), autor de varios de los cuentos que conocemos en la actualidad.

Caperucita Roja o La Bella Durmiente son algunas de esas obras inmortales que han formado parte del crecimiento de los niños de generación en generación. Mencionarlos es recordar una serie de imágenes con las que se ha asociado a estos relatos a través de la historia, siendo versionados y modificados numerosas veces y llevados a formatos que su autor original jamás habría imaginado como el cómic, el cine o la televisión. Pocos conocen que semejante legado literario corresponde a Charles Perrault, escritor francés del siglo XVII que dio forma a la mayoría de los relatos archiconocidos dentro de su compilación Mamá Oca (o Ganso). Aquí conocemos algunos de sus relatos, la influencia que ejercieron y porque en la actualidad su vigencia genera polémica.

Vista de París en el siglo XVII.

La obra de Perrault

Mencionar la obra de Perrault es particularmente engañoso. En verdad, su obra estuvo más circunscripta a los ámbitos académicos y políticos que a la literatura. Sin embargo, la razón por la cual se lo conocerá a lo largo de los siglos es la compilación de sus cuentos que fueron escritos esporádicamente recogiendo la tradición oral de los campesinos franceses. Este detalle es importante: los cuentos de Perrault ya se encontraban referenciados antiguamente, aunque a menudo tenían personajes distintos o se alteraban detalles que podían resultar muy crudos, formando parte de lo que se denomina como relatos orales y leyendas que pasaban de boca en boca generacionalmente, por lo general realizadas con un fin aleccionador.

Los cuentos que todos conocemos son, como se mencionó, resultado de varias compilaciones. Los primeros en difundirse fueron La paciencia de Griselda, Los deseos ridículos y Piel de Asno que comenzaron a aparecer a partir de 1691 en publicaciones como antologías o diarios, finalmente publicados en un volumen en 1694. El rasgo formal característico de estos relatos es que se encontraban escritos en verso y a menudo cuentan con temáticas más crudas y adultas que los cuentos en prosa que aparecerán después.

De un manuscrito de 1695 de su autoría surgen los relatos más conocidos popularmente a la posteridad: La Bella Durmiente del bosque, Caperucita Roja, Barba Azul, El gato con botas y Las hadas. Serán publicados luego, más prolijamente, en una compilación a la que se llamó como Histoires ou Contes du Temps passé que, según la traducción, se ha conocido como Historias y cuentos de tiempos pasados o Cuentos de antaño, subtitulado Comme un conte de la Mere Oye, es decir, “como un cuento de Mamá Oca” (o Ganso, según la traducción). A esta edición aparecida en 1697 se le agregó tres relatos: Cenicienta, Riquete el del copete y Pulgarcito. La intencionalidad del autor con estos relatos era apuntar a los niños en un tono didáctico, en la línea de la corriente de pensamiento del didactismo racionalista de escritores y filósofos como Moliere, Jean de la Fontaine o Racine. La figura de “Mamá Oca” marcaba esta intención en el subtitulo: esta figura es un falso autor de los cuentos que corresponde a una citación que se hacía en la tradición oral francesa al comenzar un relato, de esta forma Perrault daba un marco conocido para los niños sin alienarlos por el hecho de que el relato sea escrito en lugar de ser contado.

En líneas generales podríamos definir a la obra de Perrault desde tres perspectivas que caracterizan a sus relatos:

• No hay un distanciamiento fantasioso que se ponga tan de manifiesto, como si se solía hacer en los relatos orales. Si bien el autor no marca lugares o momentos específicos en el tiempo, si da a entender en sus descripciones un determinado sector social (por lo general, el campesinado) que era reconocible para el lector como contemporáneo y cercano a su realidad a pesar de las criaturas o sucesos maravillosos.

• El pensamiento racionalista que parte de la lógica cartesiana se puede ver en la relación de causa y efecto que toma relieve en la forma en que actúan los personajes, en particular las hadas, como es el caso del accionar metódico del hada madrina en Cenicienta.

• El tono irónico de la narración que se advierte principalmente en las moralejas con doble sentido tenía también dos destinatarios: el primero era el niño, al que se le advertía de los peligros que le acechaban; y el segundo era el adulto, al cual se le exponía una realidad con ironía. Esto era semejante al de otros autores del neoclasicismo francés como Moliere en obras teatrales como El burgués gentilhombre.

Los cuentos

Los cuentos de Perrault aparecidos en distintas compilaciones tienen, originalmente, bastantes diferencias respecto a los cuentos que conocemos hoy en día, pero eran más acordes al momento histórico en el que se encontraba viviendo el escritor. El más célebre de los relatos suavizados es Caperucita Roja. Recordemos su trama:

Una niña que se encuentra entre las más bonitas de un pueblo es enviada por su madre a llevarle unas tortas a su abuela, para agasajarla y ver cómo se encuentra por una enfermedad que le aqueja.Un lobo la acecha para devorarla pero no encuentra la oportunidad para hacerlo y, por lo tanto, intenta entrar en confianza con caperucita para saber adónde se dirige. Al averiguar que iba a lo de su abuela se la devora y se hace pasar por ella, para engañarla. Tras pedirle a caperucita que se acerque a su cama la devora luego de un diálogo algo humorístico. Y aquí termina. No hay cazador, ni salvación de último momento. En realidad, la versión que más conocemos es la versión de los hermanos Grimm, del siglo XIX, que cuenta con un tono más suavizado debido a la inclusión de un final feliz y la omisión de temas adultos que se encontraban en el original. El paso a mediados del siglo XX hizo que incluso esta versión sea suavizada, principalmente por la agresividad en la forma de deshacerse del lobo.

Probablemente el caso de Caperucita Roja sea el más paradigmático, pero hay importantes modificaciones en otros relatos o, en todo caso, con el paso del tiempo se los ha ocultado deliberadamente por sus temáticas, a pesar de la popularidad que pudieran haber alcanzado en su momento. Otro ejemplo es el de La bella durmiente, originalmente llamado La bella durmiente del bosque, que dista en su final bastante del de la popular versión de Disney: además de implicar un casamiento no reconocido por la realeza, mantenido en secreto por el príncipe, el personaje de la reina era en verdad una ogresa que cuando ve la oportunidad decide devorarse a la protagonista y sus jóvenes hijas. Al enterarse, el príncipe acude para salvar a sus hijos y su amada de semejante tragedia, dando finalmente un final feliz a pesar de la ferocidad a la que se ven expuestos. Barba Azul dejó de considerarse un cuento para niños por las referencias a los asesinatos de sus mujeres. La paciencia de Griselda se torna controvertida por el sufrimiento al que se ve expuesta su protagonista por iniciativa del marido. En Pulgarcito no sólo hablamos de padres abandónicos sino también de un ogro despiadado que desea comerse a los niños que hospedaba y en su lugar termina degollando a sus hijas. Aún más grave resultan las moralejas, que contienen un tono que el autor pudo haber considerado convenientes en los salones de finales del siglo XVII, pero que en este momento resultan inapropiadas para niños.

La bella durmiente es uno de los cuentos que más se ha modificado a lo largo del tiempo respecto al original de Perrault.

Ante este panorama se han tomado distintas posiciones. Ya a finales del siglo XIX se había apuntado contra lo inapropiado o anticuado que podía resultar el mensaje de sus cuentos. Las razones de esta apreciación la encontramos, por ejemplo, en la enorme diferencia respecto a la época en que fueron concebidas en el sistema educativo: el miedo era vital en la educación y los castigos corporales eran aceptados, por ejemplo, razón por la cual suena lógico que los castigos a los malos hábitos o acciones sean castigados contundentemente en sus cuentos. Autores como el analista Wilhelm Stekel (1868 – 1940) apuntaron no sólo contra Perrault sino también contra los hermanos Grimm al indicar ya a comienzos del siglo XX que los cuentos “habría que reeditarlos para niños de todas las edades y eliminar las crueldades o, al menos, atenuarlas”. Otras voces indicaron que lo ideal sería no hacer esas modificaciones sino sacarlos de circulación, y tomarlos como referencia histórica de la literatura infantil en esa época y sus fines moralizantes.

Sin embargo, algunas corrientes modernas postulan la necesidad de difundir estos cuentos sin modificaciones porque le dan al niño indicaciones para superar miedos que son comunes en la infancia. La presencia del conflicto en estos relatos es también señal de que ese conflicto puede ser solucionado, trasladando esta visión a su vida. Además, el tono escapista que se ha visto en los elementos maravillosos de la narración (por la presencia de hadas o brujas, por ejemplo) puede ser también visto como una forma de aceptar el universo interior del niño. En todo caso, y más allá del debate, la obra de Perrault continúa siendo una influencia ineludible en el campo de la literatura infantil y sus cuentos continúan siendo, en su esencia, parte de las nuevas generaciones.

El autor

Charles Perrault nació en 1628 en París, Francia. Perteneciente al sector de una burguesía acomodada se destacó rápidamente en las letras, iniciando sus estudios en derecho en 1637. Ocupó diversos cargos como funcionario, consiguiendo ser uno de los secretarios más solicitados por la realeza. A partir de 1680 abandonó su carrera como funcionario y se desempeñó más activamente en la escritura, escribiendo en 1687 un célebre poema titulado El siglo de Luis el Grande. En 1697 publicó su obra más famosa, Historias y cuentos de tiempos pasados, que contiene sus cuentos más conocidos. Murió también en la ciudad de París, en 1703.

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